jueves, 17 de septiembre de 2020

La Corrupción

Cuando escuchamos la palabra “corrupción” suena como si fuera algo ajeno, extraño. Quizás sea por la idea que nos inculcaron de niños: “la manzana podrida corrompe a las demás”. Lo vemos como si se tratara de una enfermedad contagiosa. Entonces evitamos el contagio, manteniéndonos alejados de la fuente de infección. Sin embargo, cada día encontramos más y más casos de corrupción. Muchas veces, inclusive, vemos caer a personas que nunca imaginaríamos. ¿Es acaso una enfermedad que se contagia? ¿Hay barreras que impidan el avance de esa “enfermedad”? ¿Cómo es que cada vez hay más y más corruptos? Algunas de las culturas mas antiguas entendieron que la corrupción es una suerte de opción en nuestro comportamiento. Nuestra conciencia nos da a elegir siempre entre lo honesto y lo deshonesto; el honor y el deshonor; la honra y la deshonra; la lealtad y la traición. Nosotros decidimos. Esto es muy diferente a ver la corrupción como algo ajeno a nosotros. El enemigo está en nuestro interior. Somos tan santos o corruptos como nosotros mismos nos lo permitamos. Si un corrupto me tienta a cometer un acto deshonroso, quizás quiera aprovechar alguna oportunidad de ganar algún placer material de un modo deshonesto, pero eso lo decido yo mismo. Ergo, nosotros mismos podemos evitarlo. Mejor aún, si tenemos una gran fortaleza de carácter hasta podríamos persuadir al corrupto a ser una persona honesta. Revisemos tantas historias de arrepentimiento en las religiones. Y hablando de las religiones, casi todas ellas nos invocan a la santidad y deploran la debilidad que nos hace caer en los graves errores. Subrayan el imperativo de hacer sacrificios para alcanzar la fortaleza de espíritu, la conciencia sana. Pero esta nota no es para hablar de religión, sino del asunto tan disímil e impreciso como es la corrupción. Muchas de las ideas que se comentan en las redes sociales y hasta en algunos medios de comunicación, dirigen la atención hacia la falta de políticas firmes y normas sancionadoras. Sin embargo, ya se dieron muchos casos en los que los jueces y fiscales caen en la corrupción y protegen a los deshonestos, facilitándoles inclusive la comisión de graves delitos. La tarea no está siendo fácil. Y mientras los ciudadanos no entendamos dónde se encuentra el problema, continuaremos exigiendo medidas absurdas y - obviamente - continuaremos quejándonos de la incapacidad de los gobernantes. La corrupción - como opción - siempre está en cada persona. Y cada persona es la única que puede evitar su manifestación. ¿Entonces, nos rendimos? ¿Hay formas de actuar en las personas para evitar caer en actos de corrupción? Como se dijo antes, si muchas de las culturas antiguas demostraron notables crecimientos en condiciones de control de la corrupción y, por otro lado, escandalosos acontecimientos debido a la corrupción, es saludable buscar las fórmulas que tuvieron mayores éxitos. Estoy seguro de que en la mayor parte de los casos se recomendará la formación del carácter de la persona con educación y en casa. Los padres tenemos, tanto la responsabilidad de controlarnos para no caer en actos de corrupción, como enseñarles a nuestros hijos - cuando niños - para que tengan una clara distinción de las acciones nobles y de las acciones deshonestas. Y si esto es lo más importante, en lugar de exigirle medidas al gobernante, debemos exigírnoslas a nosotros mismos; y en lugar de esperar respuestas inmediatas, deberemos ser perseverantes por un largo tiempo para esperar que nuestra educación funcione. Entre tanto, sanciones drásticas y aleccionadoras deberán aplicarse con los funcionarios corruptos para mejorar paulatinamente nuestro sistema de gobierno.

jueves, 8 de octubre de 2015

Si el centralismo no ayuda a la descentralización... debe continuar el descentralismo?

Caso curioso...!
En los diversos espacios en donde supuse que se estaba trabajando la descentralización con un potentísimo motor que aprovecha y desafía al principio de subsidiaridad, descubrí que la centralización ha calado tanto que aún continuamos dependiendo de ella...
En efecto, la cultura de las personas - no precisamente los tomadores de decisión, sino quienes los eligen - aún continúa pensando que la descentralización es un estado en el que los centralistas prefieren apoyar a los descentralizados...
Nada más absurdo...!
El modelo se consideró inoperante y por eso se "trasladó" la responsabilidad del desarrollo local a la decisión del Gobierno Central.
"No puedo hacer nada si Lima no me asigna los recursos (para hacer lo que me venga en gana) y me condiciona a proyectos complejamente sustentados."
Es como si se repartiera un pastel en donde está permitido hacer lo que el gobernador considera importante, contra lo que el país lo considera bajo esas consideraciones.
Negativo!
Nunca nos permitirán decidir sobre un aspecto regulado a cambio de dejarlo al azar.
Pero tampoco queremos dejarlo al azar...
Hubiera sido mejor si los de Lima deciden por nosotros...
¡Plop...!

domingo, 21 de diciembre de 2014

El muerto se hace pesado cuando hay quien lo cargue



Siendo que el comportamiento es una de las condiciones que nos permite diferenciarnos entre los seres vivos, eventualmente somos la única especie del planeta que tiene un comportamiento diferencial tan marcado con respecto a las demás especies, que nos permite seguir manteniendo el control de lo que ocurre en el planeta y hasta en la porción del universo más cercana a éste.

La mayor parte de las especies tiene un comportamiento tan parametrado que a la menor variación de un factor demuestra alteraciones adversas que hasta pueden condicionar su supervivencia. Las hay también aquellas que son lo suficientemente versátiles como para soportar cambios drásticos (ya no sutiles), pero con una marcada limitación que siempre nos permite controlarlas; o sea que hasta el momento continuamos manteniendo el control.

La principal condición de un líquido es su fluidez, lo que en un medio afecto al magnetismo terrestre, significa que el líquido (manteniendo siempre ese estado) es capaz de adaptarse a la forma que se le resista para adoptar la forma de la barrera que se le presente en el límite inferior, pero ocupando el lugar que hay en la forma de esa barrera. De modo más explícito, en una barrera plana – alineada con la fuerza de la gravedad – el líquido toma la forma de la misma barrera, o sea la forma plana. En una barrera cóncava, el líquido hacia abajo toma la forma cóncava y en la superficie adopta la forma plana. Lo mismo ocurre en una barrera convexa o en una barrera de forma compleja. El líquido sigue la forma de la barrera hacia abajo, mientras que hacia arriba siempre será plano – siempre en alineación con la gravedad.

El comportamiento adopta esta misma condición: la fluidez. Tanto los humanos como las demás especies tenemos una cierta capacidad de fluidez ante las diversas y muy diferenciadas condiciones en las que nos encontremos. Algunos son menos “fluidos” que otros; es decir que algunos no logran adaptarse a las formas de las barreras y simplemente perecen. 

Mi madre me enseñó algo que decía mi abuela (su madre): “el muerto se hace pesado cuando hay quien lo cargue”, en alusión a los funerales de la época de mi abuela, en donde se trasladaba en un cajón hermético el cadáver de una persona cuando fallecía, como parte de un complejo ritual conocido como “sepelio” o “funeral”. Quienes trasladaban el cajón con el cadáver eran personas de casi la misma estatura. Aun cuando eran cuatro – como mínimo – los cargadores, llevaban a cuestas el peso promedio de una persona. Y eso es muy diferente que trasladar a un herido, donde éste ayuda en el esfuerzo de trasladarlo. Un cadáver nunca podrá ayudar a mover su masa a ninguna parte, simplemente porque no está en condiciones de hacerlo, de modo que los cargadores literalmente deben cargar un “peso muerto”.

Yo me imagino que mi abuela recogió la reflexión de un cargador cuando contrastó el esfuerzo de cargar un herido con el esfuerzo de cargar un cadáver. El herido reduce el esfuerzo y el cadáver simplemente lo sincera. En suma, es más pesado cargar un cadáver que cargar un herido.

Volviendo al asunto del comportamiento, la reflexión que hacía mi abuela era en referencia a que una persona se comportaba de un modo “más pesado” cuando había quien le resolviera sus demandas. Usando el comparativo con el fluido, el comportamiento adopta la forma de la barrera con la que se encuentra. Si tú le permites a alguien alimentarse de tu trabajo sin ninguna condición (de ayudar, por ejemplo), ese alguien siempre seguirá alimentándose de tu trabajo sin hacer nada por ayudar o compensar el esfuerzo. Si por el contrario, tú le condicionas la alimentación a hacer un esfuerzo por traer la leña o lavar los trastes, la persona cumplirá con traer la leña o lavar los trastes con tal de suplir su demanda de alimentos.

Sin embargo, el comportamiento tiene otra condición que no logro comparar con alguna analogía. Este elemento quizás tiene una relación con un mandato genético que tienen las especies que no se parecen a los humanos: la costumbre. La costumbre no es otra cosa que la referencia histórica de resolver las demandas de la misma forma que fueron resueltas desde la primera vez y que además ocurrieron de forma repetitiva, que lograron “hacer camino” a la forma de resolver su demanda. Dicho de otro modo, la forma en que resolvimos nuestra primera demanda es la forma en la que esperamos que se resuelva en el futuro.

Si por ejemplo, luego de que nos ofrecieron alimento sin que tengamos que hacer ningún esfuerzo, volveremos a comportarnos del mismo modo cuando volvamos a sentir la necesidad de alimentarnos. Y si recibimos el mismo resultado una y otra vez, nos acostumbramos; es decir que aprendimos a que el hambre se resuelve solicitando a alguien para que nos lo proporcione sin hacer nada a cambio. Pero si las condiciones son diferentes, con mucha facilidad asimilamos la forma de la barrera y la repetimos con tal de satisfacer nuestra hambre.

La repetibilidad es una de las características que encontró Mendel en su estudio de la genética. Si el sujeto encuentra las mismas condiciones siempre, volverá a repetir su comportamiento. De otro modo habría un colapso o una crisis de comportamiento… ¿Por qué obrar de modo distinto si antes hubo un resultado satisfactorio? Quién mejor encontró esta condición de comportamiento fue Sigmund Freud. Justo por esa razón es que las personas reaccionan ante un cambio en las barreras. Aquí es donde no consigo tener una analogía de comprensión simple. Pues las personas literalmente protestan ante un cambio en las barreras; es decir que ya no se comportan como un fluido – que físicamente adoptan la forma del recipiente – sino que ejercen una energía de reacción con tal fuerza que intentan volver a la condición original a la barrera o el recipiente.

En un simple análisis lógico, el comportamiento humano es capaz de adaptarse a las condiciones que le ofrezca su escenario de vida, por muy duras que fueran; pero una vez adaptado, se resiste a asimilar los cambios con tal energía que en muchos casos consigue que esas condiciones vuelvan a su condición original. Aquí debo colocar una precisión: siempre que el resultado le signifique menores esfuerzos o ahorro de energía interna. Porque cuando el cambio le significa un ahorro de energía – en los sensores de sus percepciones – inmediatamente adoptarán ese cambio a su favor.

Intentando traducir el análisis de este texto a un lenguaje más simple, el comportamiento humano – considerado uno de los más complejos y exitosos de todas las criaturas de la tierra – es como fluido para adaptarse a las condiciones que se le presenten y ofrece una extraordinaria resistencia a los cambios que se le presenten, siempre que le signifique una mayor inversión de energía.

En nuestro contexto, cuando las condiciones de gobierno (barreras) exigen de las personas una inversión inevitable de energía, ellas estarán dispuestas a ejercerlas. Cuando las barreras son escasas (ahorro de energía), la adaptación es más inmediata; pero cuando esas barreras cambian abruptamente, las personas reaccionan de tal modo que buscan mantener las condiciones originales.

Para mejor entendimiento: si le acostumbraste a tu hijo a obtener las cosas fáciles, protestará y en gran medida cuando pretendas cambiárselas de modo abrupto. Este análisis pretendo aplicarlo a la educación de los hijos. Cuando - simulando el hecho de que las enseñanzas de los padres ejercen el rol de construirle barreras a los hijos - cuando se evidencien diferencias se forma una especie de fisura - similar a las que existen en las rocas, ellos adoptarán la forma de las fisuras y ofrecerán tenaz resistencia a los cambios súbitos, hasta conseguir que los padres abandonen su propósito de cambio, siempre que les signifique hacer un gasto de energía adicional.

Si este análisis sirve para entender el comportamiento de las masas en el gobierno de una sociedad, me sentiré un elemento necesario en la historia de la sociedad humana vigente. Aunque reconozco que no sé nada de comportamiento humano ni de comportamiento social.

sábado, 6 de diciembre de 2014

VIDA LARGA Y OPORTUNIDADES BREVES. Una historia de padres inexpertos y de hijos que condenan

Cada una de las etapas tan distintas de nuestras vidas ocurre en un tiempo tan breve, que inevitablemente nos lleva a cometer errores, muchos de los cuales no alcanzamos a entender y la mayor parte de ellos no alcanzamos ni siquiera a corregir.

Nadie que se precie de sensato podría jactarse de ser un buen padre – o buena madre – antes de tener un hijo. Menos sensato podría entenderse aquél que a los pocos días de tener un hijo se sienta seguro de cómo cuidar de su desarrollo.

La verdad es que esta condición es una de las más crueles para demostrar que cometemos errores. Aun si tuviéramos la orientación de personas mayores, esta oportunidad es quizás la más objetiva para demostrarnos que cometemos errores.

Y es que es cierto… cometemos errores. Los padres cometemos errores, como los cometieron nuestros padres y como los cometieron los padres de nuestros padres. Y cuando de pronto reparamos en ellos, la oportunidad de corregirlos ya se fue y nuestros hijos ahora viven una nueva etapa en donde… volveremos a cometer errores. Es como si se le tomara una prueba de velocidad a un inexperto. Cuando se dio cuenta dónde fue que falló, ya terminó la ronda y no hubo ocasión de corregir.

Los libros parecen mirarnos con desdén y reírse de nuestras constantes aventuras. Ellos se muestran como acumuladores de experiencias vividas para encendernos una luz donde los novatos sólo ven obscuridad. Lo que pasa es que quizás uno entre cien lee un libro (sobre paternidad) y uno entre mil (de los que leyeron) se atreve a probar su valor. Mientras tanto la mayor parte de nosotros vive – voluntaria o tercamente – en la obscuridad de la ignorancia de la paternidad.

Cuántos padres nos hemos apoyado – a nuestro modo – en lo que entendimos que fue valioso de lo que nuestros padres hicieron con nosotros. Y aunque armados de mala manera, nos creemos ejemplo de lo que debemos armar en nuestros hijos como modelo de desarrollo. Las pocas lecciones que tuvimos (como hijos) las forzamos de modelo para diseñar el objetivo de crianza de nuestros propios hijos. Y si a esto sumamos la diferencia de crianza que tuvieron los padres de nuestras parejas con la crianza que tuvimos nosotros, el eventual acuerdo conyugal bien puede llevarnos a cometer un error híbrido que no sabemos luego dónde sustentar.

No intento graficar una crisis paternal, sino el hecho de que en muchos casos, hijos con frustraciones por los errores de crianza de sus padres, se contradicen dramáticamente justo en el momento de crianza de sus propios hijos.

Aquí intento armar el rompecabezas de grandes y buenas intenciones de los padres que no llegan a ser entendidas por sus hijos, en el marco de lo que ellos esperan de sus padres. Y justamente esto ocurre porque no hay una sintonía entre lo que buscan los padres con lo que esperan los hijos. Nótese que en este análisis hay al menos tres personas: el padre, la madre y el hijo o la hija. Son tres personas y no dos. Pese a que ambos padres estén de acuerdo, el hijo o hija en la mayor parte de los casos no entiende lo que sus padres quieren. Y fácilmente lo entienden mal. Lo peor es que además, condenan.

Tres sujetos del mundo, tres sujetos de la vida, tres sujetos del tiempo que no alcanzan a sintonizarse unos con otros. Las líneas que cada padre escriben para sus hijos no coinciden entre ellos y tampoco coinciden con lo que los hijos esperan de ambos.

Y si el resultado de esta vorágine de buenas intenciones no alcanza una mínima sintonía, surge la primera víctima: el hijo o la hija. Su frustración es tan grande porque sus expectativas nunca fueron satisfechas por sus padres. Entonces surge la condena… “yo soy una víctima de los maltratos de mis padres”… o “soy una víctima de los desacuerdos de mis padres”… o “soy una víctima de la indiferencia de mis padres”. La o las siguientes víctimas son los padres… “mi hijo me condena porque siente que lo que hice con él o ella, le hizo daño”… y la adición a veces innegable “eso es por culpa de su padre o de su madre”.

Este escenario de tres actores nunca coloca a los tres en un tribunal en donde se resuelve de facto que los tres tuvieron buenas intenciones. Casi siempre coloca a los padres como egoístas o irresponsables. El hijo o la hija se acomodan en el sillón de la víctima.

Mi análisis es tan simple como complejo. Si los tres hubieran sintonizado sus expectativas, los éxitos como los errores serían el resultado de sus decisiones individuales. ¡Es simple…!

Pero ¿quién a inicios de la paternidad prevé sintonizarse entre padres y luego con el hijo o la hija? ¡Nadie!

Ahora, cuando las cartas están echadas y los sufrimientos nos agobian, ¿quién en su sano juicio intenta esclarecer esos errores de sintonía…? Aquí es cuando las condenas de uno y otro compiten entre sí para alcanzar un “yo no tuve la culpa…” Como si la búsqueda de culpables finalmente resolviera en la fórmula para alcanzar el desarrollo pleno. Pues no es así; el ganar el título de víctima o de bien intencionado no le hace bien a nadie.

El esfuerzo conjunto, liberado de la carga de condenas y abierto a la comprensión, bien puede derrumbar las barreras de la comunicación fluida y enmendar errores para finalmente dar lugar al entendimiento de las grandes buenas intenciones que hubo al inicio de la paternidad. Son tan valiosas las intenciones de los padres como las expectativas de los hijos o hijas. El comprenderlas debe movilizar al perdón mutuo y al entendimiento de que esta aventura fue tan breve en sus diversas etapas para todos, que inevitablemente se cometieron errores, pero mejor aún, que las intenciones de todos siempre fueron para dar y recibir lo mejor de cada una de las partes.

No me encuentro en condiciones de juzgar los casos en los que alguna condición estuvo ausente. Sólo reflexiono en que merecemos todos el perdón y el reconocimiento del amor que dimos cuando tuvimos la breve oportunidad de demostrarlo, erradamente o no.

martes, 27 de marzo de 2012

LA AGRESIVIDAD COMO CULTURA. NUESTRO GRAN PROBLEMA.

No deja de sorprenderme la enorme capacidad que tenemos para encontrar razones que nos lleven a agredir de modo cotidiano a las personas de nuestro entorno, inclusive el entorno más cercano. Con superlativa frecuencia escucho comunicaciones telefónicas hirientes y humillantes entre parejas; entre padres e hijos; y entre personas que de algún modo realizan negocios o transacciones.
Hay una marcada tendencia hacia la desconfianza en la otra parte, que aparentemente mantiene a uno de los sujetos en una condición de vigilancia. No puedo explicármelo de otro modo.
Pero además de eso, hay una sólida tendencia hacia la agresión, como “mecanismo de defensa”, en cada interacción entre las personas. Ofendemos cuando cruzamos la calle, cuando hacemos una cola, cuando inevitablemente necesitamos instalarnos en un escenario donde hay más personas de las que podemos tolerar. He visto a personas avanzando dentro de un bus con un maletín que roza el rostro de las demás personas sentadas, pisando los pies de los que están parados, empujando a quienes están en el camino. No pedimos permiso, simplemente agredimos como fieras defendiendo su territorio. Y si debemos esperar nuestro turno, siempre intentamos imponernos para romper con la regla de esperar.
También percibo que para el común de las personas, el significado de “servicio” se asocia necesariamente con humillación. Adoptamos la actitud de humillar a quien presta un servicio, como si los que sirven deban aceptar que ésa es su condición; de otro modo no tendrían cómo sobrevivir.
Cuán lejos resulta el “por favor…”, “perdone…”, “¿podría usted…?”, “¿me haría usted el favor de…?”. Como si esa actitud nos colocara en el papel de perdedores. Mucho más lejano queda el “buenos días…”, “¡gracias…!”, “que tenga usted un buen día…”. Hasta observamos con sorpresa a quien dice esas frases, o peor aún, los humillamos para que no vuelvan a hacerlo.
Entonces me pregunto: ¿hacia dónde vamos con esa actitud?
Parece como si irremediablemente debemos conquistar una posición que de modo natural no nos asiste. Ya no funcionan los modales ni tampoco la cortesía. Hasta somos conscientes de que podemos encontrarnos con alguien más fuerte que nos prive de nuestro propósito de forma más violenta (como el lenguaje de las cárceles), ante lo cual sólo nos queda ceder (a menos que formemos un grupo lo suficientemente fuerte como para protestar en masa, sólo mientras sea necesario).
Y en la situación de protesta se nos hace tan habitual colocarnos primero en la posición de víctimas, atribuyendo al “agresor” el rol de “abusivo”, de modo que cualquier medida posterior que adoptemos es justificable . Y lo celebramos, sin importar las pérdidas que nosotros mismos nos generemos.
Tácitamente guardamos la idea de que alguien podría juzgar que lo que damos es más que lo que debiéramos dar, por eso adoptamos esa actitud.
No es difícil para mí relacionar lo que dije en algún momento sobre “nos reservamos el derecho de admisión, no se admiten peruanos” (ver nota anterior). Esa nota hace ver aquella “virtud” del pendejo que vive de la estupidez o ingenuidad del otro. Buscamos no ser el ingenuo o estúpido. Por eso también agredimos, para que nadie nos vea así.
Sin embargo creo que el asunto no termina ahí. Es definitivamente más complejo: las agresiones siembran resentimientos y éstos inducen a más agresiones. Así el ciclo no termina. Al final nos quedamos solos. Todos quienes adoptamos la actitud de agresividad siempre cosecharemos agresiones en los escenarios que menos nos imaginamos… y eso desgasta. Nadie que esté fuera de este ciclo nos aceptará, por lo que, o salimos o nos resignamos a seguir viviendo en los círculos de agresión cotidiana.
Con esto quiero llevar a la reflexión no solamente hacia el hecho de cambiar de actitud y optar por la cortesía, por más estéril que nos parezca; sino por el hecho de que como grupo, sociedad o nación, con este comportamiento no llegaremos a ninguna parte. Qué crítico es saber que no podemos aspirar a nada más que nuestra pobre singularidad. No podemos conquistar mercados, no podemos defender una marca que sólo la siente el que la genera, no podemos defender los recursos que sólo un individuo los conoce y lucha por ellos. Hemos sembrado y cultivado muy prolijamente una cultura que a todos nos afecta.
¡Cambiemos de actitud…!

miércoles, 27 de octubre de 2010

NOS RESERVAMOS EL DERECHO DE ADMISION

(No se admiten peruanos)

Si bien no se enseña en la escuela, es una tradición oral el saber que el peruano, más que ningún otro ciudadano del mundo, es Pendejo. Hemos crecido con eso. Lo escuchamos en todos lados – al interior del Perú – de modo tal que hasta lo sentimos en las venas o en nuestros genes. Cuando somos pequeños aún, nuestros padres celebran la primera “pendejada” que hacemos y se sienten terrible cuando alguien nos la hace; no porque aquella persona hizo mal, sino porque no supimos advertir la “pendejada” del otro.
“El vivo vive del sonso y el sonso de su trabajo” reza un dicho que escuché con mayor énfasis en la época del Gobierno Revolucionario que impuso el General Juan Velasco Alvarado. No creo que haya formado parte de la ideología revolucionaria que promovió, pero si noté que cobró mucha fuerza en el sector público, cuando parecían muy naturales las actitudes fraudulentas de los burócratas en la gestión pública, a causa de una “propina” de alguien más pudiente económicamente. Detrás del mensaje “Campesino, el rico no comerá más de tu trabajo”, algunos lo entendieron de forma combinada: “si trabajas, le das de comer al vivo; por lo tanto, no trabajes, pero si cobra como si lo hubieras hecho”.
Y con esa tradición oral hemos crecido. Alguien dijo “una cosa es caballerosidad y otra es sonsera”. Con eso mató por completo los buenos modales que enseguida pasaron a ser “sonseras” o demostraciones de ser sonso. Ya nadie saluda, ya nadie cede el asiento a las damas o a los mayores; ya nadie cede el paso, ya nadie pide disculpas; ya nadie respeta. Todos nos cuidamos de no ser sonsos.
Mucho más que eso, hacemos esfuerzos voluntarios por no parecer sonso o sumiso. Y con eso nos llevamos de encuentro la humildad y la sencillez. Hemos criticado muy duro a quienes se demoraron en despojarse de esas actitudes, como el caso de los nativos de la sierra del Perú. Los serranos demostraron mucha resistencia a deshacerse de los buenos modales. Los medios de comunicación, en alusión a la guerra contra la “sonsera”, criticaron de “serranos” a los “sonsos” que demostraban buenos modales. Nos divertía mucho ver como “los vivos” limeños le tomaban el pelo a “los sonsos serranos”, llevándonos a generar una actitud de rechazo al modelo “serrano” que se veía como sumiso, humilde, incauto. Ya nadie quería ser “serrano”, sino más bien “limeño”, lo que nos llevó a modificar el acento de nuestra tierra (para no demostrar ser un sonso provinciano o serrano) y adquirir jergas y replanas que no eran otra cosa que la protesta lingüística hacia el idioma.
Esto tuvo su efecto en cadena: es regla hablar con acento limeño, utilizar jergas y transgredir groseramente los buenos modales o “reglas de urbanidad” (de las que no he escuchado hablar hace más de treinta años). Toda esa actitud nos llevó a ser ganadores o simplemente normales. Adoptamos con mucha fidelidad la jerga del momento, en demostración fidedigna del mandato de consumo que nos obliga a ser felices siempre que tengamos el producto de última generación.
Esta situación obviamente tuvo que generar efectos que no precisamente valoramos. La “viveza” del blanco limeño o “viveza criolla” empezó a resultarnos indeseable cuando éramos el blanco de la misma. Los delincuentes no pudieron encontrar mejor escenario que el de la “viveza criolla” para delinquir impunemente y con los aplausos de los no involucrados. Los jueces no podían juzgar al vivo, menos condenarlo; condenaban al sonso que se dejaba atrapar con las “manos en la masa”, por más inocente que fuera. “Si eres vivo, no te dejas atrapar; sólo caen los sonsos (incautos)”. Y así se aplicó la “viveza” al pago de los impuestos, al pago de las deudas, al uso irresponsable de los recursos del estado, al “diezmo” por obras otorgadas y a muchas cosas más. Cuando no recibimos los beneficios que esperamos, tácitamente sabemos que es porque los “vivos” no pagaron y nos sumamos a ellos. Pero cuando no sabemos qué hacer cuando no recibimos el servicio por más del tiempo que esperamos (o toleramos), ya no sabemos qué está bien, el ser vivo (y no pagar) o el ser sonso (y pagar). Fácilmente nos vamos a criticar a los grandes (vivos) que se benefician con los recursos del país y no pagan (¿?).
Hoy, sin aún percatarnos del efecto “espejo” de la viveza, estamos sufriendo el resultado de la conducta colectiva del vivo. Los vivos que no pagan impuestos y tributos nos impiden recibir los beneficios de los servicios básicos del Estado (como la salud, la educación y la seguridad ciudadana). Los vivos que salieron del país, aplicaron su “viveza” a los incautos gringos y se beneficiaron grandemente. Hoy los gringos simplemente instalaron un mecanismo anti-vivo mediante el cual marginan nuestra cultura. Ya se formó hace buen tiempo una conducta anti-peruanos en los demás países. Esas sociedades no quieren arriesgarse a admitir a un peruano quien con su “viveza” les generará malestar. Simplemente no los admiten.
Y así nos quedamos con un mundo cada vez más reducido, alejado del mundo de quienes juzgamos como injustos y crueles, pero que están dotados de valiosas oportunidades para nosotros (siempre que seamos honestos). Todo eso por haber crecido y habernos adaptado al mundo del vivo o del pendejo.
Vaya esto como una nota a la reflexión: a nadie le gusta ser el sonso. Apliquemos las normas de buena conducta, la honestidad, la sencillez y la humildad y abriremos las puertas hoy cerradas por nuestra mala actitud. No se trata de vivos ni sonsos; se trata de ser honesto, como los demás ciudadanos del mundo.

martes, 17 de agosto de 2010

CERRAR LOS ESPACIOS ABIERTOS

Un espacio abierto es un espacio público, en donde los ciudadanos pueden disfrutar de su riqueza. Es muchas veces un lugar de concentración de las personas. Un parque es un buen ejemplo de un espacio abierto. Otro ejemplo son las plazas principales de las ciudades.
La característica de un espacio abierto es que, si bien tiene fronteras o bordes, no tiene frente ni costado ni espaldas. Es abierto.
Sin embargo en Tumbes, gracias a la creatividad de un arquitecto, los espacios públicos o las plazas principales han dejado de ser un espacio abierto. Ahora ya tienen frente y espalda. Ahora ya saben hacia donde miran y hacia donde dan la espalda.
Esto que parece tener poca importancia tiene un reflejo en la economía de los locales que antes daban (de frente) al espacio abierto y ahora están a su espalda.
En la plaza principal de Tumbes hay una “Concha Acústica” que cumple con marcar el frente y la espalda de la plaza. Mira de frente hacia la catedral y el Paseo La Concordia y da la espalda a los establecimientos comerciales como la Caja Municipal de Piura, el Banco Scotiabank, la sucursal de Claro, entre otros.

Como si eso fuera una gran idea, en San Jacinto y Papayal han repetido la hazaña.
Pareciera que alguien pierde la brújula estando en un lugar sin frente y espalda, que necesitan definirlo, pese a la afectación que logren con quienes se localicen “a espaldas” de esa plaza.
No es difícil entenderlo en lugares en donde la economía de las familias se define por actividades diferentes al turismo o la oferta de servicios. En caso contrario, lo pensarían más de una vez quienes deciden “dar la espalda” a lugares comerciales activos como los afectados con esta creatividad arquitectónica.

Agradeceré comentarios.

miércoles, 5 de mayo de 2010

LA INSTITUCIONALIDAD DEL ESTADO EN EL BANQUILLO

Necesito que me permitan resaltar en este análisis el significado de la palabra CONFIANZA, que – entre tantas ideas – se relaciona fuertemente con la palabra ESPERANZA. En concreto, la confianza es la esperanza que tiene alguien de que otro actúe a favor del interés del primero.

En una sociedad democrática, los ciudadanos tienen la confianza de que existe un marco de institucionalidad del Estado dotado de los suficientes instrumentos para garantizar el respeto a sus derechos. Es decir que, el ciudadano desarrolla sus actividades poniendo en práctica algunas decisiones, confiando en que su gobierno cautela sus derechos (e intereses). Esto es extensivo a los demás ciudadanos, quienes, por la tutela que ejerce el gobierno, no afectarán los derechos del ciudadano de nuestro ejemplo.

De modo práctico, si cultivo papas y para ello remuevo la tierra (mi tierra), la fertilizo y siembro la semilla, supongo que nadie me venderá abono inútil, ni semillas malogradas, ni me impedirá el acceso a la tierra, o al agua para regarla; confío que esto es así porque existe un gobierno que me garantiza que la tierra es mía; que quien me venda el abono y la semilla, no me engañará; ni tampoco que alguien impedirá mi acceso al agua de riego. Tengo la confianza de hacer las actividades que me interesan, sin que medie intervención alguna que lo impida.

Y aún cuando las noticias que escucho a diario me enrostren que NO ES ASÍ, tácitamente continúo actuando como si lo fuera. Esto me lleva a una frustración recurrente, al punto que me moviliza hacia dos decisiones opuestas: o (i) dejo de confiar y me rebelo, o (ii) me resigno a sobre-vivir en un marco institucional debilitado, falso o difuso, sin autoridad y con delincuentes que atropellarán impunemente mis derechos en el momento menos pensado.

En conclusión, mi confianza en la institucionalidad del Estado (por la que voté – o los mayores que yo, votaron – en algún momento), ha sido defraudada, traicionada. Mi esperanza en que el gobierno actúe a favor de mis derechos y los derechos de los demás ciudadanos, ha sido una falacia creada por intereses muy distantes a los que creímos – o confiamos – cuando decidimos por esa forma de gobierno.

Para abundar más en el tema, cito algunos ejemplos generales que propongo sean tomados en cuenta por los electores, ad portas de procesos electorales que nos llevarán a renovar fórmulas gubernamentales.

Vivimos en un país que ha sido calificado como “en vías de desarrollo” por diversas razones; entre ellas, por tener una gran proporción de la población sin acceso a la atención de sus necesidades básicas (tierra, techo, empleo, educación, salud). Lo lógico, a mi modesto entender, es que mis gobernantes diseñen estrategias para resolver ese pasivo, privilegiando instrumentos que – en aplicación de los derechos de todos – actúen a favor de fórmulas para reducir esa brecha.

El que no funcionen esos instrumentos a corto plazo, puedo entenderlo (solemos caer en la dinámica del ensayo – error); pero que además de eso se utilice mi confianza como combustible para alimentar lo que la sociedad entera aborrece y que se conoce claramente como “corrupción”, es escandaloso.

No quiero concentrarme en el asunto de la corrupción porque ya se ha hablado mucho sobre eso. Propongo volver al asunto de la confianza, pues nadie puede abiertamente conminarme a elegir a un corruptor (que corrompe). Así, invocando el valor de la confianza, propongo que invitemos a los candidatos a demostrarnos los instrumentos que tienen y su capacidad de implementarlos para “desempolvar” nuestra confianza en la institucionalidad del Estado, aquella en la que creímos algún día, porque no encontramos otra fórmula que garantice nuestro desarrollo colectivo en armonía e igualdad de condiciones. Necesitamos alguien que nutra la confianza ciudadana y la eleve como valor fundamental para gobernar en nuestro espacio.

En suma: si no tengo empleo, mi gobernante implementará medidas para que yo lo obtenga de modo justo, permanente y obviamente productivo; si no tengo tierra, mi gobernante implementará medidas para que tenga acceso a ella, al igual que los demás; si no tengo salud y educación, mi gobernante implementará medidas para que acceda a la salud y a la educación, igual que los demás. En otro plano, si tengo capital para invertir, necesitaré que mi gobernante implemente medidas para favorecer mi inversión de modo que pueda recuperar mi capital y usarlo para – además de generar empleo – mantener mis ingresos y pagar los impuestos que correspondan; necesitaré también – sea inversionista o un modesto empleado – que el espacio en el que vivo o trabajo garantice mi integridad personal, no afecte mi salud, no perjudique mis inversiones y no me exponga a conflictos de intereses que al mismo gobernante le corresponde cautelar de la forma más justa posible.

No estoy pidiendo un mago – tampoco quiero entrar en el terreno de la utopía o la fantasía – sino que espero que los recursos a los que, como ciudadano, le permití acceder (impuestos, autoridad, etc.), sean usados a mi favor. Quiero que se haga merecedor a mi confianza. Quiero volver a tener la esperanza de que la institucionalidad democrática por la que voté – o me sumé aceptándola – cautele mis derechos en el desarrollo de mis actividades por articularme a la compleja urdimbre social a la que pertenezco. Sé que no es fácil, pero si alguien se propone resolverlo, sólo espero que lo haga.

En la medida que eso no sea así, asumiré que la institucionalidad del Estado es un fraude a la confianza, y por tanto debe pasar al banquillo de los acusados por las recurrentes traiciones a las que nos expuso.

miércoles, 10 de marzo de 2010

PERDERSE LA FIESTA… EN TU PROPIA CASA

Hace quizás 12 años que elaboramos con mi hermano Ricardo (Q.E.P.D.) una propuesta de visión estratégica de desarrollo para Tumbes. En ella propusimos que, dadas las condiciones de crecimiento económico agrícola en Sullana (Perú) y El Oro (Ecuador) y acuícola en El Oro (Ecuador), las expectativas de expansión agrícola con un proyecto de irrigación no serían tan sólidas para Tumbes, como el desarrollo turístico de su variada oferta de escenarios naturales. Desde esa época nos preguntábamos ¿Quién no quisiera ir a Tumbes…? Si ése lugar contiene hermosos lugares, una destacable gastronomía, calor de su gente y mil oportunidades más de pasar momentos cálidos y agradables. Presentamos la propuesta en el entonces CTAR Tumbes y fue desestimada a los 3 segundos de sustentarse.

Se desestimó por diversas razones, muchas de las cuales ni siquiera se imaginaron en su real contexto. El turismo era visto como prohibitivo por ser Tumbes una zona calificada como de Alto Riesgo para enfermedades metaxénicas (Paludismo, Dengue) y parasitarias. Además, Tumbes no contaba con infraestructura ni servicios para atender al turista.

Por eso la opción siguió siendo la misma: irrigación de campos agrícolas para la expansión de la agricultura. Pese a que Sullana y El Oro tenían una mayor superficie real destinada a la agricultura, contra una superficie hipotética más reducida en Tumbes, la agricultura aparece como mejor opción.

Doce años después, la expectativa es la misma… pero el turismo está creciendo en nuestras narices. Y no precisamente por aventureros tumbesinos. ¿Se equivocan…?

Tumbes hoy es una región que recibe ingresos por venta de hidrocarburos, langostinos y… turismo. Las exportaciones de banano orgánico y las ventas nacionales de arroz ya demuestran tener un techo. Y no precisamente por limitada superficie. La ganadería, que se ufanó siempre de ser motor del desarrollo de Tumbes, no logra salir de su antiguo modo itinerante o extensivo, sobre tierras públicas.

Y es que quizás la fuerza de un sueño centenario no logra ser superada por un concienzudo análisis de nuestra realidad. Una realidad que no nos margina, sino que nos eleva a una posición privilegiada. Decíamos en nuestro análisis que la opción del turismo nos elevaría a una categoría de sitio preferente por la belleza de sus playas, lo mágico de sus bosques (secos y tropicales húmedos), la proximidad de cada escenario con el otro y… una tradicional gastronomía.

Tumbes habría sido – desde hace diez años – un escenario mágico en donde inversionistas, académicos, aventureros y naturalistas adoptarían como sitio preferente para desarrollar foros, conferencias, reuniones de negocios, aventuras, diversiones y un sinfín de actividades más, que mantendrían copada la oferta de hoteles y restaurantes durante todo el año. Su demanda bien habría podido ser atendida por su reducido valle, su grandiosa costa y su riqueza marina. El empleo se expandiría a niveles nunca imaginados, propiciando inclusive una emigración desde otros lugares.

La historia se repite: carbón, madera fina, turismo, hidrocarburos, langostinos, hidrocarburos, turismo de playas, todas ellas abordadas por aventureros no tumbesinos… pero seguimos apostando por la agricultura dependiente de represas (ahora cuestionadas por su impacto ambiental a nivel global).

Y mientras tanto, se continúa liberando suelos en forma de sedimentos, en busca de tierras agrícolas; se continúa con el desorden de la pesca en una zona nodriza para los peces comerciales más demandados por el mercado.

Como antes, la fiesta continuará siendo organizada por los de fuera, en nuestra propia tierra, mientras seguimos esperando que algún día llegue el ansiado proyecto de irrigación, que a decir de muchos, nunca podrá ser de los tumbesinos. Pues ocurre que, a modo de devolver la inversión en infraestructura, la tierra será entregada a quienes (de donde vengan), estén en condiciones de pagar por un lote (quizás de más de 50 Has) irrigados y con compromiso de pagar por su derecho de agua (cosa que hasta ahora la mayor parte de agricultores se resiste a pagar).

Como antes… volveremos a quejarnos de que los que vienen de fuera ganan más que quienes siempre hemos vivido en Tumbes.

jueves, 4 de febrero de 2010

Trabajo listo, escenario limpio… fantasía o realidad?


Hace más de 30 años le pregunté a mi padre - cuando ejercía muy dinámicamente su oficio de mecánico de motores estacionarios - sobre las razones por las que nuestro taller no se veía cargado de aceite como los de los otros mecánicos. La idea en el ambiente era de que un taller aceitoso era indicador infalible de mecánico trabajando. Nuestro taller no tenía una gota de aceite derramada ni cerca de los barriles de petróleo.

Mi padre me contesta que aquellos mecánicos eran sucios.

Confieso que demoré en entender la idea. Todos los talleres de mecánicos estaban con hidrocarburos; todos los lugares en donde había construcciones estaban llenos de una mezcla de arena, cemento, bolsas, fierro y trozos de ladrillo; todos los lugares donde estaban pintando estaban manchados con pintura, los bancos, las escaleras y obviamente la ropa de los pintores; todos los lugares donde se hacía trabajos de gasfitería estaban llenos de barro negro y pestilente, restos de tubería y trozos de tubería; todos los lugares en donde alguien estaba cocinando estaban llenos de hollín, restos de alimentos, utensilios sucios y hasta perros comiendo las sobras.

Si aquellos lugares donde trabajaba la gente estaban sucios, por qué el taller de mi padre estaba limpio? Y más aún, por qué mi padre era exigente en la limpieza y orden del local y las herramientas?

Y es que trabajo no es sinónimo de suciedad; tampoco de desorden; y tampoco de gritos y maltratos.

Lo que hoy muchos conocemos como normas de seguridad e higiene industrial se está extendiendo a todos los oficios. La razón es simple: no existe vínculo que relacione ineludiblemente el trabajo con la suciedad y el desorden. Eso es un sobrecosto. Es un costo adicional que puede afectar tanto a quien recibe el trabajo, quien lo ejecuta y también quien está cerca de donde se realiza dicho trabajo. Y como se trata de costos, nadie desea voluntariamente asumirlo. Lo que ocurre es que los niveles de suciedad pueden alcanzar impactos suficientes como para arruinar la vida de muchos sujetos, de su entorno, de su modo productivo y hasta de su lugar de residencia. Peor aún, tales niveles de daño hasta pueden resultar imposibles de revertirse por muchos, muchos años.

En lugares en donde esto está claramente definido, quien desarrolla un trabajo ensuciando (que es diferente de quien hace un “trabajo sucio”), el responsable asume los costos… y debe hacerlo de inmediato. Pero esos lugares aún no son muchos, ni la mayoría.

Aún podemos encontrar con facilidad desde calles sucias debido a un trabajo de pavimentación, jardines arruinados debido a trabajos de construcción o de pintura, sitios turísticos contaminados, hasta ríos y océanos muertos, personas enfermas, negocios arruinados, etc. simplemente porque alguien estuvo trabajando y no fue capaz de evitar "ensuciar".

El propósito de este mensaje es invitarlo a desarrollar su trabajo - cualquiera que sea - de modo limpio y ordenado, por múltiples razones: solidaridad con el vecino, responsabilidad con los valores del cliente, respeto a la sociedad y respeto a usted mismo, a sus sueños, a los sueños de sus hijos y de los amigos de sus hijos.

El trabajo desde siempre fue indicador de dignidad para el hombre. Hágalo limpio y verá como muchos lo tomarán de ejemplo, como referente y eso redundará en su beneficio propio.

El trabajo es digno, limpio y eficaz. Haga de esta consigna su forma de vida.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Cómo influye tu forma de vida sobre el ambiente. El consumo


¡Acabemos con esto de una vez !
Cargado originalmente por jonRo

Buscaba una imagen que me ayude con el tema y encontré ésta de Jon Roman.
Y es que la idea es volver a poner el tema de nuestros hábitos de consumo y su impacto sobre el ambiente.
De hecho el consumo humano puede llevar al planeta a situaciones extremas, como lo que se vive ahora y que se hizo público con "la Hora del Planeta". Esta jornada que nos motivó a ahorrar energía eléctrica durante UNA HORA sirvió mucho a los niños.
Pero el asunto no termina ahi...
Nuestros hábitos de consumo son diversos y tan complejos. Muchos de ellos si pueden acabar, sino con el planeta, con parte de él. Aquí me refiero a los recursos finitos (aunque somos la especie que hace finito lo infinito); aquellos que, renovables o no, pueden agotarse si nuestro consumo es superior a su oferta natural.
Vivo en Tumbes y trabajo en manglares. En Tumbes se consumen las llamadas "conchas negras" (Anadara tuberculosa), que son tan deliciosas que rápidamente se convirtieron en imágen nacional con el ceviche de conchas negras.
Las conchas negras se están agotando en nuestro país. Primero, porque su consumo creciente sobrepasó la oferta natural de los manglares de Tumbes (la única región del Perú que tiene manglares es Tumbes), ahora se están importando del Ecuador; segundo, porque pese al elevado consumo, no se producen mediante la acuicultura (o cultivo controlado), lo cual las expone a diversos intemperismos (amenazas existentes en el ambiente), como la reducción de bosques de mangle, la contaminación de las aguas y obviamente, la extracción desmedida.
Extracción es una práctica muy rudimentaria que aún se mantiene en nuestra cultura. Es equivalente a la caza, que consiste en capturar para nuestro consumo algún recurso que se encuentra en ambientes silvestres; o sea, cosechamos lo que no hemos sembrado. Su enorme desventaja es que, al ocurrir en espacios públicos, nadie en realidad hace mucho por asegurar su sobrevivencia.
En el caso de la concha negra, estamos llegando a extremos en los que nos estamos comiendo a los juveniles; es decir a aquellos individuos que aún no alcanzan su madurez sexual y por tanto no lograron reproducirse. Cuando las poblaciones pierden a los individuos con capacidad reproductiva, están condenadas a la extinción.
Así como ocurre con la concha negra, también ocurre con la concha Pata de Burro (Anadara grandis) y hasta con los peces, que aunque tienen mayores facultades de defensa (pueden moverse cuando perciben una amenaza), difícilmente escapan a las redes de pescadores cuyos filtros son cada vez más estrechos.
No "sembramos" ni "cultivamos" moluscos ni peces; sin embargo, con el poder de nuestro consumo los estamos agotando.
Si bien "la Hora del Planeta" nos ayudó a entender que el ahorro en nuestro consumo de energía eléctrica puede reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, en el caso de la concha negra, no bastará una hora, sino muchas ocasiones para negarnos a disfrutar de su delicioso sabor; por lo menos, mientras no hayamos asegurado la conservación de sus poblaciones.
Cuando consuma conchas negras, revise su tamaño. Cuando está entera (con sus valvas o conchas), asegúrese que mide algo más que su dedo medio (4.5 cm); cuando ya está en el plato, el cuerpo entero del molusco debe tener al menos 3.2 cm.
Cuando las medidas que le señalo sean menores, usted será consciente de que su consumo está presionando la sobrevivencia de la especie. Deje de hacerlo y difunda esta idea.
Evite que su consumo afecte su propio ambiente y el de sus hijos.

martes, 15 de diciembre de 2009

Cómo influye tu forma de vida sobre el ambiente. Residuos sólidos

Para este ejercicio vamos a llamar Residuos Sólidos a lo que comúnmente se conoce como “basura”; porque la basura no es otra cosa que residuos. Pero no todos los residuos constituyen la basura; lo conforman específicamente aquellos que se encuentran en estado sólido o semisólido y que, fundamentalmente los disponemos (los botamos al basurero o al ambiente), con la idea de que a nosotros no nos sirve en nuestra forma de vida.
Se trata de hacer una revisión cuidadosa de lo que generas como residuos sólidos (o basura) en tu forma de vida. Hay varias formas de definirlo, pero en esencia intentaremos determinarlo por su peso (pues su volumen es más complicado determinarlo). La determinación del peso de los residuos sólidos que generas la llevaremos al período de tiempo de un día, un mes y un año. Es decir, intentaremos definir cuántos kilos de residuos sólidos generas en un día, en un mes y en un año.
El siguiente paso también es importante y adicional al anterior. Se trata de identificar cuánto del peso de residuos sólidos que generas, es susceptible de descomponerse en forma natural y formar parte del ambiente, sin llegar a producir una contaminación significativa. Recuerda que lo que finalmente buscamos es determinar cómo es que tu forma de vida influye sobre el ambiente.
Y obviamente, el siguiente paso consiste en determinar cuánto del volumen de residuos sólidos que generas no es capaz de descomponerse en forma natural (en poco tiempo). La idea de que el tiempo todo lo borra es relativa. Algunas cosas que generas demoran más que una generación en descomponerse, y otras, demoran cientos de años.
Al final, como es sensato decirlo, también determinaremos cuánto del peso de residuos sólidos que generas se convertirá indefectiblemente en un contaminante altamente tóxico. Quizás pienses que eso sólo se ve en películas o en lugares donde el tratamiento con elementos asociados a la producción nuclear. Pues no es así; podemos ser partícipes de la acumulación de contaminantes altamente tóxicos en nuestro propio ambiente.
A modo de colofón, puedes atreverte (aunque lo dudo) a saber dónde estás acumulando los elementos tóxicos que durarán en su efecto nocivo durante muchos más años de lo que crees que vivirás en este planeta.
El propósito de éste ejercicio personal no es otra cosa que generar en ti una reacción ante lo que hasta ahora conoces como “tu forma de vida”.
Empecemos:
1. Imagina cada uno de los días en que vives como cualquier ciudadano común – o no común – como te consideras. Te propongo que empieces imaginando que despiertas a un nuevo día. Piensa en lo primero que consumes (tómate tu tiempo). Quizás te duches y usas champú y jabón para bañarte. Los productos que utilizas tienen envase? El envase puede deshacerse en poco tiempo? Luego te cepillas los dientes… el envase del dentífrico puede deshacerse en poco tiempo? El cepillo que usas no dura para siempre… el cepillo puede deshacerse en poco tiempo?
No te distraigas contestando estas preguntas. Mejor empieza imaginando un día en el mercado, cuando vas de compras para hacerte de lo que necesitarás a lo largo del mes.
2. Recolecta los envases primarios y pésalos. Luego recolecta los envases secundarios y pésalos. Es mejor que peses los envases y los restos que no utilices diariamente; esto te ayudará a tener un dato más exacto al final del mes.
3. De los datos anteriores, determina cuál de los residuos se puede deshacer rápidamente y cuál no. Expresa esta información en peso (Kg.).
4. De lo anterior, cuida de identificar cuál de los residuos es altamente tóxico. Determina el peso del mismo.
5. Si te atreves, identifica cuál de esos elementos tóxicos de alta duración, va a parar al botadero o relleno sanitario que sabes que dispondrá de tus residuos.
Elabora un diagrama para tu propia información y decide cuánto de ello eres capaz de reducir (o producir en menor peso).
Termina concluyendo cuál es el impacto de tu forma de vida sobre el ambiente.
¿Estás listo/a?

lunes, 23 de noviembre de 2009

No todos los manglares son Santuario

Manglares son una referencia muy general de aquél ambiente de bosque que no se amilana de hacer frente al mar. Esta idea, que puede parecer simple o fantasiosa, describe ecosistemas que tienen la capacidad de convivir entre ambientes continentales (tierra firme) y la zona marino costera.
Estos ambientes no son comunes. De hecho, aún cuando forman una cadena lo suficientemente larga como para alcanzar representatividad (salvo casos extraordinarios como los manglares de Vice, Sechura, Piura, Perú), siguen siendo desconocidos. Alrededor del mundo, los manglares son cadenas largas distribuidas en espacios casi desconocidos para el mundo, que sabe que a orillas del mar hay playas cargadas de suficiente arena como para desvanecer cualquier idea de bosque. Es indudable que aquí tenemos un paradigma que debemos desvanecer. Nadie medianamente culto podría imaginar que las olas del mar revienten, además de en la arena y roca, en troncos de árboles de un bosque llamado manglar.

El manglar es un bosque, compuesto fundamentalmente por especies de mangle (Rizophora mangle, Rizophora harrisonni, Avicennia germinans, Conocarpus erectus y otros), que no son otra cosa que especies vegetales permanentes (de larga duración) que se reproducen, crecen y maduran en ambientes costeros que combinan el agua dulce con el agua del mar. Entender la dinámica del ecosistema manglar desafía la insipiente cultura de consumo de cualquier ciudadano que vive lejos de ellos. La importancia de los manglares se lee con facilidad si el lector tiene cierta relación con el consumo de algunos productos que ofrece: mariscos, camarones o langostinos, peces y otros, que son exclusivos al manglar.

Para el caso peruano, que posee en el extremo noroeste un único ecosistema de manglares, la única forma de invitarle a entender los manglares es a través de su famosa “Concha Negra”. Estos bivalvos no se los encuentra en cualquier parte de la orilla del mar; menos en el mar profundo. La “Concha Negra” se encuentra en los manglares de Tumbes, o en aquellos del Ecuador (que posee manglares en casi toda su costa ligada al Perú); más no en el resto del mar peruano.

Sin embargo, cuando usted visita los manglares de Tumbes, usualmente lo hace a través de Puerto Pizarro. Pero no es el único lugar de manglares. De hecho, los manglares vienen desde más al norte del Ecuador; en el Perú empiezan desde Punta Capones y llegan hasta Playa Hermosa (lugar conocido hace casi diez años por el propósito de algún gobierno por hacer de esta zona un paradisíaco lugar de turismo receptivo).



Manglares de Puerto Pizarro

Pero lo que motiva esta nota no es sólo la distinción de los manglares en Tumbes, sino al hecho de que continuemos con la dinámica de ver por una ventana lo que debiéramos ver de modo más amplio. Sepa usted que toda la línea de costa de Zarumilla y de la ciudad de Tumbes no tienen playas, sino manglares.

Dentro de esa larga línea, Puerto Pizarro es uno de los lugares con acceso vehicular y además es un antiguo destino turístico. Pero hay más lugares que visitar. Uno de ellos es el Santuario Nacional Los Manglares de Tumbes que está en Zarumilla.

Es un área poco visitada por los turistas, quienes se engañan creyendo que cualquier zona de manglares se considera santuario y que por tanto, los manglares de Puerto Pizarro son un santuario nacional. Esta idea está por demás errada. El Santuario Nacional, como área protegida, conserva el ecosistema en su estado natural y no permite modificaciones ni impactos que alteren esa función. Puede ser visitada para el turismo, pues esa actividad no necesariamente impacta. Hasta el momento es visitada tanto por especialistas que ven en él aves endémicas y otras especies, gozando de un ambiente lo suficientemente silvestre como conocer su funcionamiento más de cerca.

Santuario Nacional Los Manglares de Tumbes (Zarumilla)

Si desea visitar los Manglares de Tumbes en su versión más silvestre, hágalo en el Santuario Nacional, que se encuentra en Zarumilla (a menos de 10 minutos al norte de Puerto Pizarro) y donde encontrará el ambiente natural de los moluscos y crustáceos que sostienen aún la destacada cocina peruana.

Encontré estas referencias adicionales que le pueden servir:

http://www.biodiversityhotspots.org/xp/hotspots/tumbes_choco/Pages/biodiversity.aspx
http://www.hellotumbes.com/alrededores1.htm
http://peru.gotolatin.com/eng/Guide/PeruNationalParks/ManglaresTumbes/Manglares-Tumbes-1.asp
http://www.enjoyperu.com/peru_travel_tours_information/peru_nature_ecology_biodiversity/peru_nature_ecology_biodiversity_national_sanctuaries_mangrove_sweeps_tumbes_national_sanctuary.html
http://www.turisticalperu.com/domiruth_newsletter18_eng.htm
http://www.darwinnet.org/docs/RBNOenglish.pdf